
Un artículo por Raúl García Castán - Colaborador de CorredordeMontaña.com
Llámenme ustedes elitista, si quieren, pero confieso sin rubor mi predilección por las carreras de marca. Y no quiero decir con esto que cuando llego a un avituallamiento los voluntarios deban ir vestidos de Armani, ni que te sirvan, en vez de Aquarius, Moet Chandon, no. Me refiero concretamente a que a mí, -como a Concha Velasco-, me resultan muy molestas, "esas pequeñas pérdidas".
Las carreras por montaña comenzaron siendo una disciplina un tanto indefinida. Una especie de híbrido entre el montañismo, la aventura, la competición... Pero a medida que han ido perdiendo ese carácter inicial, englobado tan ambiguamente dentro de los deportes de montaña, para definirse finalmente como una nueva especialidad concreta e individual, se ha hecho mas patente la necesidad de crear unas normas especificas entre las que se cuentan, en lugar preponderante, las que atañen al marcaje del recorrido. Si en otros deportes, las buenas marcas son objetivo exclusivo de los deportistas, en el nuestro lo son también de los organizadores.
Es difícil determinar la idoneidad de un buen marcaje en una carrera por montaña, en tanto que depende, en buena medida, de la opinión personal de la persona o personas que realicen tan peliagudo menester, e incluso ateniéndonos a las normas establecidas por algunos organismos reguladores, como la FEDME, la cuestión tiene un componente altamente subjetivo a la hora de ser llevado a cabo. A veces, al marcar el recorrido de una competición se reproduce, en el ámbito deportivo, lo que yo llamo "el síndrome del empanao", que es lo que piensas del forastero que te pregunta por una calle de tu pueblo/ciudad, y cuando se lo explicas con incuestionable claridad - para ti, que lo conoces- el tío va y te mira con la boca abierta y cara de Paquirrín leyendo el Quijote. En mi opinión, las carreras hay que marcarlas para tontos. O para ciegos, como dice medio en broma el amigo Miquel Jiménez. (Se podría estudiar meter un pío-pío como el de los semáforos en las carreras por montaña. (Pero la de leches que se iban a meter los invidentes contra los árboles en las épocas de cría).
Un factor en que no suele repararse a la hora de realizar los marcajes, es la diferencia de las circunstancias entre cada corredor a la hora de seguir correctamente las marcas. Es evidente que el que va delante, aparte de no tener la referencia de otro corredor, -tan útil a veces- tiene mucho menos tiempo de reacción a la hora de avistar e identificar correctamente las señales que aquel atleta cuyos objetivos deportivos le permiten ir a un ritmo mas suave. (Dando por sentado -nadie me coja el rábano por las hojas- que cada cual tiene sus guerras y todas merecen el mismo respeto, por supuesto).
Correr es un juego de voluntad, de lucha, de oposición dentro de un tablero de juego, que en el caso de nuestro deporte es la montaña. Cuando las reglas del juego se alteran, cuando "te sacan de tus casillas" que en este nuestro tablero son cintas de plástico, te quedas como el barco varado en la tormenta: un cascaron de nuez a merced de los elementos. Uno tiene la seguridad de que se ha perdido, en ese momento en que todo en torno cobra una repentina y sospechosa calma, rodeado de bucólicos parajes que invitan a la sosegada reflexión, como si uno fuera un San Juan de la Cruz cualquiera en pleno éxtasis místico, cuando lo que quiere es volver al tráfago de la batalla -tronchar de ramas, bufidos, arañazos y dolor- a seguir peleando. Es como estar en Matrix, luchando contra los malos que te acosan por doquier, y que te desenchufen y vuelvas al mundo real cuando no quieres salir del trance hasta haber terminado con ellos.
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Imágenes: Redacción CorredordeMontaña y Desnivel.com


