Raúl García Castán, colaborador de CdM, actual Campeón de Europa y de España de Carreras por Montaña, y miembro del equipo Running Team Lafuma, nos deleita de nuevo con uno de sus escritos, en el cual nos reconduce a nuestros orígenes, y nos recuerda “aquellos maravillosos años”..

A nosotros, churumbeles españoles de cuando entonces, tiernos infantes de magulladas rodillas, flequillo Beatle y uñas sucias de tierra de arrabal proletario, nos viene la afición por el deporte de aquellas tardes con olor a humo y a calle, tras salir de la escuela. A nosotros, niños de la democracia niña, “princesos” de barrio, hijos del bocata de mortadela con aceitunas y de La Nocilla de uno, dos, y hasta tres gustos (si, niños del presente, hubo una vez una Nocilla de fresa) nos abdujo la pasion por el deporte en tardes de hogueras clandestinas, tardes de jugar al escondite y al rescate, tardes de fraternales descalabramientos a pedrada limpia con los del barrio de al lado, o lo que es lo mismo, tardes de deporte arrabalero, primario, salvaje. Y a la anochecida las madres, nuestras madres, llamándonos a voz en grito, alargando la última nota del aullido nominal, como lobas reuniendo a sus crías, cada loba/madre, cada madre/loba con su tono característico, imitado con regocijo por nosotros, aquellos sus enredadores lobeznos.

La escuela, catalizador natural de la barbarie infantil, encauzó luego nuestro ardor guerrero hacia el deporte en un sentido más ortodoxo, cuando apuntaba ya la pubertad, con aquellas entrañables competiciones escolares entre los variopintos pueblos de la provincia. Tan voluntariosos como temerarios, los bienintencionados maestros corrían para hacerse cargo de nosotros, autenticas jaurías de bestezuelas de las que, sin embargo, no temían que los papás les pusieran una querella por mirar un poquito de través a sus criaturas o, ya puestos, que las mismas criaturas les dieran una paliza para colgarlo en internet. Tiempos, oye.
El tiempo, ese cáncer invisible e incurable que nos corroe a todos por dentro -y por fuera, que coño, bueno, excepto a Isabel Preysler, esa Dorian Gray del bello sexo- nos va dejando un inevitable poso de nostalgias en el corazón.
Hoy, cuando los deportes infantiles se han domesticado al punto de ser mas virtuales que otra cosa y los maestros ya no corren sino para ir a darse de baja por estrés laboral, o directamente para escapar de las iras de los padres, de los hijos, y del espíritu santo, yo sigo creyendo, cuando veo a mi hijo correr, tratando de imitarme - igual luego me sale torero, el jodio, vete a saber- que sí, que el deporte es el camino.
Texto: Raúl García Castán
Imágenes: Raúl García Castán/Nocilla





