Ganar un Campeonato de España, no es nada fácil, y menos cuando ya se ha ganado anteriormente 3 veces.
El más común de los comentarios entre los deportistas de élite al hablar de revalidar o volver a ganar un campeonato de las características que sea, es que "lo más complicado de todo, no es ganar una vez, si no mantener en ese lugar por mucho tiempo".
Realmente, hay muchos ejemplos de deportistas que brillan de forma intensa por una vez, y luego "se apagan". Este, no es el caso de Raúl García Castán, que pese a no estar en las condiciones que le hubiese gustado, afrontó este campeonato de España (según nos cuenta en su relatol), con serenidad y confianza en él mismo, virtudes que bien gestionadas, le bastaron y sirvieron, para proclamarse por 4ª vez consecutiva como Campeón de España de Carreras por Montaña, FEDME.
Él nos cuenta con este relato, como vivió en primera persona este nuevo reto:

El Campeonato de España es la carrera que cualquier corredor -español, obviamente- desearía ganar. La razón es bien sencilla: tal carrera es más que una carrera; es una carrera y un título. Dos en una por el mismo precio. (Que, en lo que al esfuerzo empleado se refiere, suele ser bastante caro, eso si) Una sola batalla, y ya eres Rey de la Montaña por todo el año. Y que corran, todo lo rápido que quieran, los demás. Esa corona ya no te la arrancan en, como mínimo, 365 días.
Como ganarlo, siempre me ha parecido algo extraordinariamente difícil de conseguir, todas y cada una de las veces que lo he logrado mi primer sentimiento al avistar por fin la cinta en la línea de meta, ha sido invariablemente de sorpresa. Como me decía un amigo, ese día está marcado en rojo en el calendario de un montón de gente; son cientos de horas de esfuerzo, ilusiones y sueños los que lleva como bagaje el día de la carrera cada corredor, y todo eso lo tienes que doblegar, tienes que, en cierto modo, tirar por tierra ese esfuerzo, esas ilusiones y esos sueños, si quieres conseguir tu objetivo. Es algo bello y cruel, al mismo tiempo. Esa es la grandeza del deporte, al fin y al cabo.
Este último título no ha sido una excepción. Cuando por fin encaré la meta de Alfondeguilla, tras 34 km de lucha contra todos esos nombres ilustres que ya conocemos, cada uno con ese bagaje físico y emocional a que aludía líneas mas arriba, mi primer sentimiento fue casi de perplejidad.

La carrera salió rápida, como si todos quisiéramos sacudirnos los nervios cuanto antes y, nada mas abandonar el asfalto, Mario Llorens cogió la cabeza. Yo me propuse ser su sombra, costara lo que costase. Por las circunstancias especiales que me han acontecido durante el año, llegué a esta carrera con algún kilo de mas y algún kilómetro de menos, para mi gusto, pero, eso si, con una extraña calma de espíritu, como si inconscientemente sintiera que con tres títulos nadie, ni siquiera yo mismo, tendría derecho a exigirme mas, si las cosas no salían bien. Unos Kilómetros después, en una bajada, se nos unió Miguel Caballero, y durante algún tiempo fuimos los tres juntos, perseguidos de cerca por algunos otros corredores. En mi opinión el ritmo era demasiado elevado, para todo lo que estaba por llegar, pero, en fin, me decía, a eso hemos venido, y si otros años la premisa era, ganar o reventar, este año era reventar o ganar, matiz en apariencia insignificante que no lo es tanto, en realidad.

Hacia la mitad del recorrido, Caballero tuvo algunos problemas que le hicieron descolgarse, y al poco, Mario, quizá pagando el esfuerzo inicial, también cedió. A cambio de eso, los dos leones vascos, Fernando y Jokin, les dieron el relevo en la batalla. En distintos tramos del recorrido les esperaba su entrenador para, - en admirable prueba de organización y labor de equipo- avituallarles en los puntos permitidos, animarles, o darles instrucciones en su, -tan hermoso como incomprensible para mi- vascuence natal. "Estos me estarán poniendo tibio" pensaba yo, medio en serio medio en broma. Mientras, trataba de paliar esta falta de infraestructura de apoyo con el calor del público, ya que, en ese sentido, fue casi como si corriera en casa, por la especial relación que con la gente de tierras castellonenses tengo, como consecuencia de las competiciones que he disputado por aquellos lares.

En las bajadas, mis piernas, poco curtidas por los escasos entrenamientos, me jugaban alguna mala pasada, haciéndome sentir inseguro.
"Este año no ganas" me decía mi cuerpo, harto ya de tanto sufrir, mientras veía consternado como Fernando Y Jokin parecían ser los mas frescos del barrio; pero mi mente y mi corazón, entrenados para momentos como ese, seguían a lo suyo: "la carne es débil, no le hagas caso al blandengue ese del cuerpo; sigue, sigue...", la una; pum,pum...pum,pum...pum, pum...el otro. (Siempre ha sido un poco bruto, el chico; no una maquina perfecta, pero cabezón como el solo, oyes) E inmerso en ese trance deportivo, atacamos juntos los vascos y yo la ultima subida, esa cuyo nombre, Pipa, te parece inmenso sarcasmo o ironía, pues no es así, precisamente, como te lo pasas correteando por sus laderas, y, entonces, como por arte de magia, vi, sin mirar, ("Don't look back", que diría Bob Dylan) como los segundos, esos segundos eternos que solo aparecen cuando estas al límite de tus capacidades, se interponían entre ellos y yo, y ante el atisbo de nerviosismo general que amenazaba con producirse en mi cuerpo, eché mano, de nuevo, de esos pensamientos profundos a que recurre uno en tales casos: "sigue, sigue... pum,pum...pum,pum...pum, pum...
Una bajada vertiginosa, ya sin miedo a partirme las piernas, y al carril de cemento sobre la acequia, donde, saludando mentalmente a Víctor, mi entrenador, pense: Ahora tocan series; Ahí va este dos mil, a tu salud, maestro.

Cuando has tenido la fortuna de ganar algunas carreras, las tablas, el aplomo adquirido te permiten, en los últimos metros -si llevas cierta ventaja, claro- pensar en como vas a celebrar el momento concreto de romper la cinta. Descartada la entrada con la fiera de mi niño, por no andar tan sobrado de tiempo como para ponerme a buscar entre el público, opté por una entrada clásica: brazos en cruz, y mordida a la cinta (juro que no lo he copiado de Nadal, se me ocurrió en el segundo campeonato que gané, en Sabiñanigo, y hasta hoy, ya ven)

Ahora que he conseguido mucho más de lo que soñé lograr cuando empecé a correr, pienso en qué es lo que me llevó a hacerlo, y me doy cuenta de que, en el fondo, fue, es, una apuesta íntima. El demostrarme a mi mismo que, puedo, llegado el caso, doblegar al destino, si me lo propongo. No siempre se puede hacer, pero si se consigue, es algo maravilloso.

Raúl García Castán - Campeón de España de Carreras por Montaña, FEDME y Colaborador de CorredordeMontaña.com
Imágenes: Africa Font/José Font/MTB/Monrasin2
